Cada vino en su lugar
Guardar o no guardar… esa es la cuestión.
En este drama de botellas y pasiones, donde el tiempo teje promesas de grandeza, y el presente susurra placeres fugaces, surge la duda del bebedor: ¿Guardar para mañana o brindar hoy?
En el universo del vino argentino tenemos un monarca indiscutido que es el Malbec, pero hay una cepa más obrera que ha sabido ganarse un lugar en el corazón del pueblo: la Bonarda. Sí, Malbec y Bonarda son una especie de primos segundos o quizás el primero es el protagonista de la película taquillera y el otro el contrahéroe secundario pero que tiene una escena importante y brilla en ella. Y a partir de ahí quizás tiene un protagónico, porque la Bonarda es una obra maestra en sí misma.
La historia de la Bonarda en Argentina es un relato de migraciones, confusiones y redescubrimientos. Aunque durante mucho tiempo se creyó que esta uva tenía sus raíces en el Piamonte italiano, estudios genéticos realizados a principios del siglo XXI, particularmente en 2008, confirmaron que la Bonarda argentina es en realidad la Douce Noire o Corbeau Noir, una variedad originaria de la región de Saboya, en Francia, cerca de los Alpes y lindante con Italia. Este hallazgo puso fin a décadas de confusión, ya que en Argentina se la había identificado erróneamente como Bonarda Piemontese o incluso Barbera debido a la influencia de los inmigrantes italianos que trajeron esquejes de vid al país a fines del siglo XIX.

Estos inmigrantes, provenientes principalmente del norte de Italia, llegaron a Argentina no solo con sus tradiciones y sueños, sino también sus vides. La Bonarda encontró en la región de Cuyo —especialmente en Mendoza, San Juan y La Rioja— un hogar ideal. El clima cálido y seco, los suelos aluviales y la altitud de los viñedos cuyanos permitieron que esta cepa se adaptara de manera excepcional, desarrollando características propias que la distinguen de sus orígenes franceses. Para 1936, ya se registraban unas 6.000 hectáreas cultivadas con Bonarda en Argentina, pero fue en las últimas décadas del siglo XX cuando su cultivo explotó, alcanzando más de 15.000 hectáreas para el año 2001. Hoy es en superficie la segunda variedad tinta plantada en la Argentina después del Malbec.
Sin embargo, la Bonarda no siempre gozó del prestigio que tiene en estos días. Durante gran parte del siglo XX, fue relegada a la producción de vinos de mesa o cortes masivos, valorada por su alto rendimiento —que puede superar las 20 toneladas por hectárea— y su capacidad para aportar color y estructura a los blends. No fue hasta finales de los años 90 y principios de los 2000 que enólogos visionarios, como Alberto Antonini y Attilio Pagli de la bodega Altos Las Hormigas, comenzaron a ver en la Bonarda un potencial para brillar como varietal puro. Proyectos como Colonia Las Liebres, un Bonarda orgánico de Mendoza, demostraron que esta uva podía producir vinos elegantes, frescos y con una personalidad única.
En 2021, Argentina celebró por primera vez la Semana del Bonarda, un evento que busca promocionar esta variedad con actividades presenciales y virtuales en todo el país.
La Bonarda es una cepa que no pasa desapercibida, ni en el viñedo ni en la copa. En los viñedos, es fácilmente reconocible por sus hojas de tamaño mediano a pequeño, de un verde opaco, a menudo enteras y poco trilobadas, que parecen “planchadas” extendidas bajo el sol cuyano. Sus racimos son medianos, cilíndricos y compactos, con bayas redondas de color negro azulado, piel fina y pulpa blanda. Esta piel fina, rica en compuestos fenólicos, es la clave de los intensos colores que caracterizan a los vinos de Bonarda, que van desde un rojo rubí profundo hasta tonalidades violetas y púrpuras que evolucionan con el tiempo.
En nariz, la Bonarda es una fiesta de aromas frutales. Notas de frutas rojas como frambuesa, frutilla, cassis y cereza se entrelazan con toques de frutas negras como moras, ciruelas y arándanos. Dependiendo del terruño y añada, pueden aparecer matices herbáceos, como laurel, tomillo o menta, e incluso sutiles notas especiadas como clavo de olor o anís. En boca, la Bonarda se destaca por su suavidad. Sus taninos son elegantes y aterciopelados, con una acidez moderada que la hace ideal para quienes buscan vinos tintos fáciles de beber.
La versatilidad de la Bonarda es una de sus mayores virtudes. En regiones como Luján de Cuyo y Maipú, produce vinos con mayor concentración de taninos y color intenso. En Tupungato, los vinos tienden a ser más ácidos y con tonalidades violetas. En el este y sur de Mendoza, los taninos son menos marcados, y los vinos muestran un carácter más herbáceo. Esta adaptabilidad a diferentes terruños permite a los enólogos jugar con estilos diversos, desde varietales frescos y frutales hasta blends estructurados con Malbec o Cabernet Sauvignon.
Estamos en presencia de un pilar fundamental de la vitivinicultura argentina. Según el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), en 2023, la Bonarda ocupaba 17.141 hectáreas cultivadas en el país, lo que representa el 8,4% del total de la superficie vitivinícola nacional. Esto la consolida como la segunda variedad tinta más plantada, solo por detrás del Malbec, que lidera con unas 44.000 hectáreas. Sin embargo, la superficie de Bonarda ha mostrado una tendencia a la baja en la última década, con una disminución del 10,8% desde 2014, cuando registraba 19.214 hectáreas.
La provincia de Mendoza es, sin duda, el epicentro del cultivo de Bonarda, con 14.369 hectáreas en 2023, lo que equivale al 83,8% del total nacional. Le sigue San Juan, con 2.005 hectáreas (11,7%), y el resto de las provincias vitivinícolas, como La Rioja, Catamarca y Salta, que suman 767 hectáreas (4,5%). Esta distribución refleja la preferencia de la Bonarda por los climas cálidos y secos de Cuyo, aunque su presencia en 15 provincias demuestra su gran adaptabilidad.
En términos de producción, en 2022, la Bonarda generó 1.816.353 quintales, representando el 9,4% de la cosecha total de uvas del país y ocupando el tercer lugar en el ranking de producción, detrás del Malbec y la variedad Cereza. Esta alta productividad es una de las razones históricas por las que la Bonarda fue utilizada para vinos de mesa, aunque en los últimos años los productores han optado por reducir los rendimientos para priorizar la calidad sobre la cantidad.
En el ámbito de las exportaciones, la Bonarda tiene como principales destinos Brasil y Francia, seguidos por Estados Unidos, Reino Unido y México.
Un nombre con 50 sinónimos: La Bonarda es una cepa con una identidad tan compleja que, según el enólogo Roberto González, en 2020 se registraban al menos 50 sinónimos válidos en el mundo para referirse a ella. Desde Corbeau y Charbono (por el color oscuro de sus uvas, que recuerda al carbón) hasta Douce Noire y Dolcetto Grosso (por la suavidad de sus taninos), pasando por Gros Plant (por el vigor de la planta) y Blaue Gandfusser (por el color de sus hojas). Esta multiplicidad de nombres refleja la confusión histórica sobre su origen y su capacidad para adaptarse a diferentes culturas vitivinícolas.
En un país donde el vino es parte de la identidad cultural, la Bonarda representa una oportunidad para diversificar la oferta y mostrar que Argentina es mucho más que Malbec. Su historia es un reflejo del espíritu de los inmigrantes que la trajeron y de los enólogos que hoy la reivindican. Como dijo alguna vez el enólogo Pedro Pelegrina, “la Bonarda tiene mejor desempeño en Argentina que en cualquier otro lugar del mundo”. Y no es para menos: en los suelos de Mendoza, San Juan, Catamarca y La Rioja, esta cepa ha encontrado un terruño que la hace brillar como en ningún otro lado.

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