El manto blanco llegó. Se tomó su tiempo, pero finalmente, muy en línea con el calendario, comenzó oficialmente el invierno. Y así como el verano, esta época del año tiene vinos que maridan mucho mejor con las temperaturas cercanas a las 0°, ofreciendo calidez y complejidad para acompañar las noches largas.
Si bien la terminología “Tintos de invierno” limitaría su definición y sería muy estricta, hay vinos que se entrelazan mejor con el alma del invierno patagónico, así que hablaremos de sus variedades ideales, las temperaturas perfectas para servirlos y algunos temas relevantes.
Las variedades tintas reinan en esta época, ya que su estructura y taninos robustos envuelven el paladar como una bufanda de lana tejida a mano por la abuela. Aparecen también los aromas derivados de la fermentación maloláctica y sumamos los vinos con crianza en roble que aportan una siempre agradable cálida sensación. Además las temperaturas de consumo son necesariamente más elevadas para acompañar platos y aumentar la satisfacción. Destacamos entonces a estas variedades y estilos:
- Cabernet Sauvignon: el guerrero del frío, con taninos firmes y aromas contundentes; pimiento verde y cuero. Por estos lados un Cabernet de altura es como un relato épico: estructurado, con un final largo que se queda en la memoria. Ideal para quienes buscan un vino que dialogue con platos robustos de esta época del año: guisos, humo y condimentos.
- Malbec: el emblema argentino es un poeta clásico del invierno. Los Malbec de la Patagonia, (preferentemente con algo de paso por madera) con su terruño fresco, ofrecen notas de ciruela madura, mora y un toque especiado, sotobosque que evolucionó del otoño, su cuerpo e intensidad medio a pleno y su textura aterciopelada son perfectos para noches frente al hogar, chocolate en mano.
- Merlot: si hablamos de suavidad para el invierno, está un casillero debajo de Cabernet Sauvignon ya que el Merlot va susurrando en lugar de gritar. Su versatilidad entre fruta, especias y hierbas secas lo hacen ideal para acompañar desde una fondue hasta parrilladas de días fríos y soleados cuando el viento nos da una tregua. En la Patagonia, el Merlot adquiere una frescura única, pudiendo encontrar grandes ejemplares tanto en Neuquén, Río Negro y Chubut.
- Bonarda: el tapado, el imprevisto, el suplente que entró faltando 15 minutos, las pide todas, mete un golazo, suma una asistencia y te da vuelta el partido. Démosle una chance a esta variedad que tiene grandes exponentes en Catamarca, además de Mendoza y que puede resultar ideal para atravesar una picada de ahumados, acompañar el inicio de asado o incluso pastas domingueras con salsa de tomates.
- Chardonnay: la reina de las blancas dice presente y pisa fuerte dando la cara por los blancos. Dentro de sus estilos hay aquellos que por su crianza en roble ofrecen una amplia paleta de aromas y sabores anchos en boca que pueden realzar contundentemente ciertas comidas de olla, cazuelas, risotto de hongos o empanadas.
El ritual del servicio: temperaturas que despiertan el alma del vino
El vino necesita el escenario adecuado para brillar. En invierno, las temperaturas de servicio son clave para que cada sorbo revele su magia.
- Tintos robustos (Malbec, Cabernet Sauvignon, Syrah): Servir entre 16 °C y 18 °C. A esta temperatura, los taninos se suavizan y los aromas se despliegan como un abanico. Evitemos servirlos más allá de esas temperaturas porque el alcohol puede opacar los matices, ni muy fríos, ya que los taninos se vuelven astringentes.
- Merlot y tintos más ligeros: Una temperatura de 14 °C a 16 °C es ideal para resaltar su fruta y suavidad.
- Chardonnay con crianza: Entre 10 °C y 12 °C, para que la madera y la fruta bailen en equilibrio.
Importante, si tenemos los vinos en la heladera, los blancos pueden servirse en el momento, pero los tintos necesitan (mínimo) 20 minutos antes (pudiendo descorcharse) para disfrutar de una mejor experiencia.
Así estamos por aquí, entre el hielo y el fuego, entre lluvias, viento, nieve, las losas radiantes y las capubufandas. El invierno, tiempo de brindis entre las noches más largas con ese gustito a hogar que solo tiene San Martín de los Andes.