Guardar o no guardar… esa es la cuestión.

Cada vino en su lugar

Guardar o no guardar… esa es la cuestión.

En este drama de botellas y pasiones, donde el tiempo teje promesas de grandeza, y el presente susurra placeres fugaces, surge la duda del bebedor: ¿Guardar para mañana o brindar hoy?

Vino la Revolución

¿Qué se bebía en 1810?

¿Qué se bebía en 1810?

Viajemos un ratito en el tiempo pero no de lugar, vayamos a 1810 acá en San Martín de los Andes… un área remota, con escasa influencia de las autoridades coloniales españolas, y las interacciones entre los pueblos originarios y los pocos exploradores o viajeros que llegaban solían estar marcados por el comercio… o los conflictos; como no tengo mucho que decir en esta nota al respecto, subámonos a una carreta y en aproximadamente 25 días, con buen clima, llegaríamos a esta Buenos Aires, imaginense, el aire cargado de nuevas ideas, las calles embarradas, y en las pulperías, patriotas como Moreno y Belgrano discutiendo el destino del país con una copa de vino en la mano. Porque, sí, el vino era el combustible de las charlas acaloradas en la antesala de la Revolución de Mayo. No había WhatsApp, ni trends de Tik Tok, ni cafés de especialidad, pero el tinto y el clarete fluían como el fervor independentista.

 

Bien, pero ¿Qué vino se bebía en esas mesas? ¿De dónde salían esas uvas? Hoy te cuento un poco sobre la historia del vino que acompañó el nacimiento de Argentina. 

Por aquellos años, tanto en las pulperías como en las casas de los próceres se bebía Carlón, un tinto alcohólico y robusto (como ese Tío lejano) hecho de uva garnacha, traído desde Benicarló, España. Haciendo una analogía era quizás como un Malbec premium de hoy, pero con un viaje en barco a cuestas que le daba un gustito a aventura transatlántica (y ocasionalmente veces a vinagre, si no llegaba bien). El Carlón era más consumido por las familias de mayor poder adquisitivo. Los más postergados económicamente, se inclinaban por el clarete, un vino más ligero y accesible, también importado de España. 

Por entonces tanto en la Argentina como en otras colonias españolas dentro de América se había prohibido el cultivo de la uva, sólo permitiendo que se bebieran productos puramente de origen español.

Años después comenzaba en el interior, especialmente en Cuyo, a producir vinos con uvas criollas, variedad traída obviamente por los españoles en el siglo XVI. Pero muchos años antes, los primeros viñedos en Argentina fueron plantados a mediados del siglo XVI, en Santiago del Estero, por el presbítero Juan Cedrón (o Cidrón) en 1551.

¿Cómo eran esos vinos cuyanos? rústicos, algo dulces o convertidos en aguardiente, que animaban cualquier tertulia… algunos dicen que al ritmo del “Meneaíto Revolucionario” pero no estaría confirmado. 

Los registros de la época no son muy detallados, pero se estima que existían unas 400 pulperías, en la ciudad y eran el epicentro del consumo, donde se mezclaban los gritos revolucionarios con el tintineo de las copas. 

Se destacaban dos lugares cerca de la Plaza de Mayo, “La del Maldonado” y "La fonda de los Tres Reyes" y al parecer en esta última, relata Víctor Ego Ducrot en su libro  "Los Sabores de la Patria", se habrían reunido una tarde lluviosa de 1809 James Florence Burke (un espía irlandés), Juan José Castelli y Nicolás Rodríguez Peña y, entre copas, cerraron el acuerdo de gran importancia para los acontecimientos que muy pronto sacudirían Buenos Aires. 

Así es que tanto por entonces como ahora, el vino acompaña, une e intensifica las reuniones sociales. Así que este domingo, ante el locro humeante, levantemos las copas al grito de ¡Viva la Patria! 





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