Cada vino en su lugar
Guardar o no guardar… esa es la cuestión.
En este drama de botellas y pasiones, donde el tiempo teje promesas de grandeza, y el presente susurra placeres fugaces, surge la duda del bebedor: ¿Guardar para mañana o brindar hoy?
Sobremesa, estás reunido con amigos, van por el cuarto vino de la noche, ya el que se da maña con la guitarra tocó los mismos cuatro temas de siempre, las anécdotas de hace unos años atrás se volvieron a repetir y varios tiraron suspiros acompañados de frases como “y… visstecomoé”, “quévasé”. La noche parece que va muriendo en fade como un tema de los 80´… pero vos, en la próxima juntada te vas a convertir en héroe contando algunas de estas historias y curiosidades del vino, alguna que otra puede ser ficción; anotá:
El Vino de las Profundidades
La botella no se quedó mucho tiempo en aquella ciudad costera. El Párroco Esteban, con esa mezcla de reverencia y miedo que despiertan los objetos que no deberían existir, la envió a Buenos Aires, donde los eruditos de la capital, con sus microscopios y sus libros polvorientos, la estudiaron como si fuera un rompecabezas divino. Dijeron que tenía unos trescientos años, que probablemente venía de Cádiz, que el vino en su interior –un líquido rojizo que se movía lento, como sangre dormida– era un milagro químico. La inscripción en el vidrio, apenas legible, hablaba de un viñedo español y de un destino colonial que nunca llegó a cumplirse. Un galeón, aseguraron, debió hundirse en las costas de Chubut, y la botella, por capricho del mar, había sobrevivido.
El “Vino de las Profundidades”, como lo llamó un periodista porteño con poca imaginación pero que primereó a sus colegas, se convirtió en una celebridad efímera. La exhibieron en museos, en salones donde señoras con sombreros de plumas y caballeros de bigote la miraban con una mezcla de asombro y desdén. Pero en 1930, la botella cambió de manos. Don Álvaro Mendoza, un vitivinicultor que vivía entre Luján de Cuyo y San Martín de los Andes, la compró en una subasta que nadie recuerda bien, pero que tuvo en vilo a parte de la aristocracia de Buenos Aires. Álvaro no era un hombre común. Había en él algo de poeta y algo de loco, una pasión por el vino que iba más allá de lo terrenal. Decía que cada botella guardaba una historia, y ésta, la del mar, era la más grande de todas.
La trasladó a su campo cerca de lo que es hoy es el Callejón de Torres, un lugar de cipreses y nieblas, donde el aire olía a lavandas y a promesas rotas. La botella, en una vitrina de cristal cerrada con candados, se convirtió en el corazón de la casa. Álvaro, un hombre sin descendencia ni pareja conocida en toda su vida, la miraba durante horas, como si esperara que le hablara. A veces, en las cenas que ofrecía a sus pocos amigos, contaba que el vino tenía un alma, que en su interior había algo que no era solo uvas fermentadas. Los invitados reían, pero en el fondo sentían un escalofrío. Los peones de la finca, menos discretos, juraban que la botella brillaba en las noches sin luna, que emitía un zumbido suave, como un canto que venía de muy lejos. Hacía finales del Siglo XX la casa fue demolida, no se supo más de Álvaro y no se supo tampoco sobre el vino de las profundidades. Sin embargo, en los círculos de anticuarios y coleccionistas, comenzó a correr un rumor, decían que la botella había reaparecido, no en un museo ni en una subasta, sino en manos de un desconocido, un hombre de mirada antigua que lucía en su brazo un tatuaje en latín Vinum profundum, vinum aeternum—“El vino de las profundidades, el vino eterno”.
Louis Pasteur: El científico que transformó la enología con rigor y visión
En el siglo XIX, el francés Louis Pasteur marcó un hito imborrable en la historia del vino, erigiéndose como el padre de la enología moderna. Su aporte fue revolucionario: desentrañó los procesos biológicos detrás de la fermentación, identificando el papel de levaduras, hongos y bacterias. Lo que hasta entonces era un arte empírico se convirtió en una ciencia controlada, donde la higiene y la calidad organoléptica comenzaron a ser prioridades. Aunque la consolidación de estos avances llegaría plenamente en el siglo XX, Pasteur sentó las bases para una industria vinícola más precisa y sofisticada.
No obstante, el contexto de la época también reflejaba intereses contradictorios. En Francia, un grupo defensor de la abstinencia protagonizó una curiosa campaña: abogaban por aumentar la producción de vino, comprometiéndose a consumirlo para reducir la ingesta de licores destilados de orujos. La lógica, peculiar, revelaba una estrategia más pragmática que idealista.
El siglo XIX también dejó lecciones sobre los riesgos de la dependencia comercial. Las casas de Champagne, por ejemplo, sufrieron un duro revés tras la Revolución Rusa. El Zar y su corte, grandes consumidores de este espumante, absorbían buena parte de la producción. La ruptura de contratos, los impagos y la urgencia por encontrar nuevos mercados se pusieron en jaque a numerosas bodegas, evidenciando la importancia de diversificar.
El vino de hielo: Entre mitos rusos y precisiones alemanas
Cuenta la leyenda que, en Rusia, el zar Alejandro III exigió un vino que no fuera elaborado con uvas, una extravagancia acorde con los caprichos de la realeza. Según el relato, los enólogos, en un alarde de astucia, enfriaron una botella de vino tinto y la presentaron como un producto creado a partir de hielo y frutos rojos para simular su color. El monarca, al parecer, dio por válida la argumentación.
Más allá de las anécdotas, el vino de hielo, o Ice Wine , es una realidad tangible con raíces en Alemania. Este vino se distingue por un proceso singular: las uvas se cosechan congeladas, durante las primeras heladas, y se prensan rápidamente antes de que se descongelen. Así, los cristales de agua permanecen en la prensa, permitiendo extraer un mosto concentrado, rico en azúcares y acidez. El resultado es un vino de sabor intenso, equilibrado y particularmente apreciado por su dulzura y frescura.
El Accidente que Hizo estallar la Leyenda
La historia cuenta que, bajo las órdenes de Dom Pérignon, se excavó una cueva bajo el monasterio para almacenar diferentes partidas de vino. Estas cavas, frescas y húmedas, eran el refugio ideal para que los vinos reposaran y desarrollaran sus aromas. Entre las botellas guardadas, había algunas de vino blanco que, sin saberlo, aún guardaban un secreto efervescente. Estas botellas, llenas de un mosto que no había completado su fermentación, comenzaron a comportarse de manera inesperada.
En la quietud y frialdad de la cueva, algo mágico —y un poco caótico— ocurrió. Una segunda fermentación espontánea se desató dentro de las botellas. El dióxido de carbono, atrapado en el vidrio, creó una presión que hizo estallar algunas de ellas, como pequeños volcanes de vidrio y espuma. Los monjes, sorprendidos, podrían haber visto el desastre como una pérdida. Pero Dom Pérignon, con su curiosidad insaciable, decidió investigar. Al probar el contenido de las botellas sobrevivientes, exclamó, según la leyenda: “¡Estoy bebiendo estrellas!”. Y así, los espumantes comenzaron a brillar en el firmamento de los vinos.

Ahora sí, a ser el centro de atención en tu próxima reunión.