Por Maia Coletto
La nave de las almas
Existen distintas maneras de vivenciar la cotidianeidad en un barrio de una aldea de montaña, sin embargo, a todas las une un punto: la elección de una tranquilidad solitaria en un entorno patagónico.
Los teros musicalizan el camino boscoso, la Laguna Rosales está amaneciendo. El rocío que cubre los notros y amancayes, comienza a levantarse, emanando ese aroma característico de verano, uno que si tuviese color sería verde y vibrante. Camina por uno de sus múltiples senderos, Selva. Lleva una caramañola con agua en su riñonera deportiva y cada tanto se anima a trotar un poco, en alguna bajada. Es tan temprano que aún no se cruza con ningún turista que, mediante las recomendaciones de la Oficina de Turismo de la Municipalidad, va allí a pasear por ser considerado uno de los caminos de montaña más amistosos de San Martín de los Andes.
Sí lo había visto al cuidador de la única propiedad privada dentro del Parque Nacional. No están claras las circunstancias de su construcción, pero desde que Selva llegó al pueblo migrando desde el este del país, allí está emplazada. Amadeo, el cuidador, es un hombre bajo, siempre lleva alguna caña coihue como bastón y tiene un celular de los años dos mil, donde siempre le muestra a la gente que se cruza, fotos borrosas de aves que saca cuando los tiene cerca.
Selva inhala el aire puro de la montaña. Oye el zumbido de varias chaquetas al pasar al lado de un árbol e intuye que debe haber algún nido cerca. No le gustan esos bichos, no los respeta. Sabe que las trajeron para matar a los tábanos, la especie endémica de la zona, pero al final las chaquetas no mataron a los tábanos y se reprodujeron como una plaga, estando presentes en cada picnic que implica un sanguchito con fiambre, ya que son carnívoras.
El recorrido que siempre hace tiene en total cinco kilómetros. Va desde la entrada a la Laguna hasta la punta, rodeándola y culminando en un tronquito seco que usa como banco para descansar antes de volver. Le gusta observar a los caballos del regimiento que pastan en el mallín, tranquilos.
El territorio de Laguna Rosales es un poco confuso: por un lado pertenece al Parque Nacional Lanín, por el otro al Regimiento Militar y una tercera parte a la Corporación Forestal Neuquina Corfone. Los límites no están muy claros, sus caminos dan salida -o entrada- a varios barrios de San Martín de los Andes: Alihuen Alto, Covisal, El Intercultural o Kaleuche. En este último es donde vive Selva desde hace más de quince años.
En ese entonces, el barrio aún no era barrio. Eran unas pocas casas, distantes entre sí, sin casi ningún servicio. Los terrenos eran accesibles para comprar, llenos de pastizales conformados por una mezcla entre malezas y plantas autóctonas. En ese momento era imposible imaginar que se iba a transformar en un barrio inmenso, con ramificaciones que llegan casi hasta el Lago Lolog, a más de seis kilómetros de la Laguna.
“Kaleuche, la nave de las almas”. Toda la Patagonia tanto del lado argentino como del chileno, está profundamente atravesada por la cultura mapuche que no reconoce las fronteras entre Estados. Es por ello que en el lenguaje cotidiano sureño se ven entremezcladas algunas palabras provenientes de la lengua viva Mapudungun. El caleuche es un mito del sur de Chile sobre un barco fantasma que navega en los mares y canales chilotes. Poco se sabe de por qué el barrio se llama así, pero sus pobladores creen que quizás tenga que ver con que es un lugar mágico y misterioso. O quizás se pueda analogar con su parte fantasma: “Al principio, cuando llegamos, la gente que vivía en San Martín le decía el barrio fantasma. Resulta que muchos terrenos del barrio, una cantidad equivalente a tres cascos urbanos del pueblo, pertenecían a un empresario de Buenos Aires de apellido Alegre. Parece que el tipo andaba en negocios turbios y le incautaron todas sus propiedades, entre ellas, estas hectáreas. Así que comenzaron a vender terrenos pero sin entregar papeles. La gente era dueña pero al mismo tiempo no… costó legalizar toda la zona” explica Matías en el deck de su casa. Tiene un gran patio que da a un bosque de pinos y de caña coihue. La construyó él mismo, allá por el 2006, siendo uno de los pioneros en la creación de la Junta Vecinal. En aquellos años, fueron varios los vecinos que fueron llegando a las tierras de las almas navegantes. Lo primero que se propuso Matías al crear la Junta fue un tema muy importante: otorgar nombre a las calles.
Si bien eran pocas personas, no fue fácil decidir una cuestión que marcaría el sello identitario de sus hogares. Finalmente acordaron ponerle nombres de músicos difuntos. La calle principal, que atraviesa todo el barrio de principio a fin, se llama Paseo de los Músicos, y es donde vive Matías. Las transversales fueron nombradas con los cantantes que le gustaban a los que tenían allí su vivienda. Pappo Napolitano, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui…
La segunda meta que la Junta se propuso, fue pertenecer al Municipio de San Martín de los Andes. Lo lograron.
Así, poco a poco, el barrio se fue conformando y dejó de ser una figura fantasmal en las montañas. Comenzó a ser parte del ejido municipal; lograron llevar energía eléctrica, el transporte diario de pasajeros y la recolección de basura. Fue toda una novedad cuando en el 2020 llegó el gas natural y la fibra óptica.
Selva ya está volviendo de su caminata matutina. Sonríe, relajada. “Es mi lugar favorito en la vida. El silencio me envuelve… para mí es un lugar mágico y sereno. Quizás voy con alguna preocupación y a medida que voy caminando, me voy sintiendo mejor y es como si me desenchufara de la moto”, cuenta. Sale de la Laguna cuando pasa por el guardaganado que marca la división entre el Parque Nacional y el barrio. Ve a una pandilla de perros vecinales que corretea por las calles de ripio, ladrando y jugando y se cruza a la pasada con Selena, su vecina de unas casas más allá.
Salió a correr. Ella es de Buenos Aires, pero hace un tiempo se mudó. Muchas veces le han preguntado por qué siendo tan joven eligió vivir en esa parte de San Martín alejada, donde el transporte público pasa pocas veces al día y cinco meses al año, la nieve tapa las puertas. Es inentendible, le dicen. Pero ella, que vive hace tres inviernos sin gas, responde que no. Que no quiere vivir en el centro. «A pesar de acarrear un montón de objetos todos los días para ir a trabajar, me gusta mucho vivir donde vivo. Me encanta estar entre las plantas en medio de la montaña. Salir con tanta frecuencia a caminar o trotar al bosque se siente como una verdadera bendición, de esas cosas que nos hacen sentir profundamente agradecidos hacia “a quien corresponda”». Saluda a Selva, con quien mantiene un vínculo cercano, ya que se cuidan las mascotas cuando alguna se va de viaje.
Mientras a cada zancada se adentra a aquel paisaje poblado de árboles y arbustos, reflexiona sobre cómo se siente con respecto al mundo que habita. Ve a la Laguna Rosales como una expresión de historias que involucran a los humanos, las vacas y tantas otras especies compañeras nativas y exóticas. Los días húmedos y calurosos de verano como ese son sus favoritos, porque los olores se intensifican. El arbusto chin chin larga aroma a chocolate, la tierra parece adentrarse en sus pulmones, llenándola de una vitalidad virgen y agreste. Escucha las miles de aves, con sus cantos amplificados por la energía extra que tienen a la mañana y que luego, poco a poco, decae junto al paso de la jornada. Selena se mueve por los caminos buscando todos esos signos del mundo.
Cuando regresa a la civilización, después de más de una hora de perderse en la soledad de los recorridos, la esperan sus amigos peludos. En Kaleuche, los perros podrían considerarse como un barrio aparte. Si bien la mayoría tiene una casa designada, pertenecen a las calles, allí es donde pasan la mayor parte de sus días. Selena les deja platitos de comida seca fuera de su puerta, le agrada su compañía. Sobre todo la de Moka, una perra maltrecha que se apareció de la nada y se encariñó con ella y Lenny, un ladino que parece tener genes de galgo italiano negro, comprador por excelencia con su carita de pan triste.
Las pandillas perrunas recorren todo Kaleuche, desde el bajo hasta el alto. Con el paso de los años, aquella comunidad de cinco casas perdidas entre los matorrales, se fue convirtiendo en un poblado que se terminó dividiendo entre el Alto Kaleuche y el Bajo, llegando a funcionar casi como barrios distintos. El Alto está sumergido en el bosque, carece aún de la mayoría de los servicios. Sus pobladores suelen tener camioneta o cuanto menos, algún vehículo. En invierno, la nieve los tapa, recordando un poco al terrorífico escenario de “El Resplandor”. A veces, les da miedo estar tan aislados de todo y les enoja que sólo sean un par de subidas pronunciadas y algunos kilómetros la razón de ello. “¿Cómo puede ser que vivamos en una maldita aldea de montaña y que no pase el colectivo cuando nieva un poco?” reniega Alfredo, mientras está muerto de frío y hace dedo para que algún vecino lo baje al centro a trabajar. El transporte urbano falló, como pasa seguido con factores climáticos adversos. O, quitando el “factores climáticos adversos”, pasa seguido. El transporte no es algo de lo que necesariamente se enorgullezca San Martín de los Andes. Sin embargo, cuando Alfredo vuelve a su hogar, se toma unos mates en el sillón y ve a un colibrí que busca agua azucarada en el bebedero que les dejó colgado en un árbol, se olvida un poco de los malos tragos que le implica vivir ahí. “Uno elige el sufrimiento que quiere atravesar. Algunos vivirán en ciudades llenas de ruido y autos, otros en ciudades pobres… yo elegí vivir en una aldea de montaña”.
Ahora, el día está acabando. Son las diez de la noche, pero aún hay luz natural; en verano oscurece tarde. Se la ve a lo lejos a Moka, caminando con su paso rengo por Paseo de los Músicos. Va en busca de su cena al patio de Selena. El cielo está rojizo, se asoman las estrellas anunciando una noche despejada. Una excepcional, calurosa y amable. El aire está inundado del olor a la tierra mojada. Los vecinos humedecen con sus mangueras el ripio para detener el polvillo seco.
Kaleuche sigue navegando.
La nave de las almas
Existen distintas maneras de vivenciar la cotidianeidad en un barrio de una aldea de montaña, sin embargo, a todas las une un punto: la elección de una tranquilidad solitaria en un entorno patagónico.
Los teros musicalizan el camino boscoso, la Laguna Rosales está amaneciendo. El rocío que cubre los notros y amancayes, comienza a levantarse, emanando ese aroma característico de verano, uno que si tuviese color sería verde y vibrante. Camina por uno de sus múltiples senderos, Selva. Lleva una caramañola con agua en su riñonera deportiva y cada tanto se anima a trotar un poco, en alguna bajada. Es tan temprano que aún no se cruza con ningún turista que, mediante las recomendaciones de la Oficina de Turismo de la Municipalidad, va allí a pasear por ser considerado uno de los caminos de montaña más amistosos de San Martín de los Andes.
Sí lo había visto al cuidador de la única propiedad privada dentro del Parque Nacional. No están claras las circunstancias de su construcción, pero desde que Selva llegó al pueblo migrando desde el este del país, allí está emplazada. Amadeo, el cuidador, es un hombre bajo, siempre lleva alguna caña coihue como bastón y tiene un celular de los años dos mil, donde siempre le muestra a la gente que se cruza, fotos borrosas de aves que saca cuando los tiene cerca.
Selva inhala el aire puro de la montaña. Oye el zumbido de varias chaquetas al pasar al lado de un árbol e intuye que debe haber algún nido cerca. No le gustan esos bichos, no los respeta. Sabe que las trajeron para matar a los tábanos, la especie endémica de la zona, pero al final las chaquetas no mataron a los tábanos y se reprodujeron como una plaga, estando presentes en cada picnic que implica un sanguchito con fiambre, ya que son carnívoras.
El recorrido que siempre hace tiene en total cinco kilómetros. Va desde la entrada a la Laguna hasta la punta, rodeándola y culminando en un tronquito seco que usa como banco para descansar antes de volver. Le gusta observar a los caballos del regimiento que pastan en el mallín, tranquilos.
El territorio de Laguna Rosales es un poco confuso: por un lado pertenece al Parque Nacional Lanín, por el otro al Regimiento Militar y una tercera parte a la Corporación Forestal Neuquina Corfone. Los límites no están muy claros, sus caminos dan salida -o entrada- a varios barrios de San Martín de los Andes: Alihuen Alto, Covisal, El Intercultural o Kaleuche. En este último es donde vive Selva desde hace más de quince años.
En ese entonces, el barrio aún no era barrio. Eran unas pocas casas, distantes entre sí, sin casi ningún servicio. Los terrenos eran accesibles para comprar, llenos de pastizales conformados por una mezcla entre malezas y plantas autóctonas. En ese momento era imposible imaginar que se iba a transformar en un barrio inmenso, con ramificaciones que llegan casi hasta el Lago Lolog, a más de seis kilómetros de la Laguna.
“Kaleuche, la nave de las almas”. Toda la Patagonia tanto del lado argentino como del chileno, está profundamente atravesada por la cultura mapuche que no reconoce las fronteras entre Estados. Es por ello que en el lenguaje cotidiano sureño se ven entremezcladas algunas palabras provenientes de la lengua viva Mapudungun. El caleuche es un mito del sur de Chile sobre un barco fantasma que navega en los mares y canales chilotes. Poco se sabe de por qué el barrio se llama así, pero sus pobladores creen que quizás tenga que ver con que es un lugar mágico y misterioso. O quizás se pueda analogar con su parte fantasma: “Al principio, cuando llegamos, la gente que vivía en San Martín le decía el barrio fantasma. Resulta que muchos terrenos del barrio, una cantidad equivalente a tres cascos urbanos del pueblo, pertenecían a un empresario de Buenos Aires de apellido Alegre. Parece que el tipo andaba en negocios turbios y le incautaron todas sus propiedades, entre ellas, estas hectáreas. Así que comenzaron a vender terrenos pero sin entregar papeles. La gente era dueña pero al mismo tiempo no… costó legalizar toda la zona” explica Matías en el deck de su casa. Tiene un gran patio que da a un bosque de pinos y de caña coihue. La construyó él mismo, allá por el 2006, siendo uno de los pioneros en la creación de la Junta Vecinal. En aquellos años, fueron varios los vecinos que fueron llegando a las tierras de las almas navegantes. Lo primero que se propuso Matías al crear la Junta fue un tema muy importante: otorgar nombre a las calles.
Si bien eran pocas personas, no fue fácil decidir una cuestión que marcaría el sello identitario de sus hogares. Finalmente acordaron ponerle nombres de músicos difuntos. La calle principal, que atraviesa todo el barrio de principio a fin, se llama Paseo de los Músicos, y es donde vive Matías. Las transversales fueron nombradas con los cantantes que le gustaban a los que tenían allí su vivienda. Pappo Napolitano, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui…
La segunda meta que la Junta se propuso, fue pertenecer al Municipio de San Martín de los Andes. Lo lograron.
Así, poco a poco, el barrio se fue conformando y dejó de ser una figura fantasmal en las montañas. Comenzó a ser parte del ejido municipal; lograron llevar energía eléctrica, el transporte diario de pasajeros y la recolección de basura. Fue toda una novedad cuando en el 2020 llegó el gas natural y la fibra óptica.
Selva ya está volviendo de su caminata matutina. Sonríe, relajada. “Es mi lugar favorito en la vida. El silencio me envuelve… para mí es un lugar mágico y sereno. Quizás voy con alguna preocupación y a medida que voy caminando, me voy sintiendo mejor y es como si me desenchufara de la moto”, cuenta. Sale de la Laguna cuando pasa por el guardaganado que marca la división entre el Parque Nacional y el barrio. Ve a una pandilla de perros vecinales que corretea por las calles de ripio, ladrando y jugando y se cruza a la pasada con Selena, su vecina de unas casas más allá.
Salió a correr. Ella es de Buenos Aires, pero hace un tiempo se mudó. Muchas veces le han preguntado por qué siendo tan joven eligió vivir en esa parte de San Martín alejada, donde el transporte público pasa pocas veces al día y cinco meses al año, la nieve tapa las puertas. Es inentendible, le dicen. Pero ella, que vive hace tres inviernos sin gas, responde que no. Que no quiere vivir en el centro. «A pesar de acarrear un montón de objetos todos los días para ir a trabajar, me gusta mucho vivir donde vivo. Me encanta estar entre las plantas en medio de la montaña. Salir con tanta frecuencia a caminar o trotar al bosque se siente como una verdadera bendición, de esas cosas que nos hacen sentir profundamente agradecidos hacia “a quien corresponda”». Saluda a Selva, con quien mantiene un vínculo cercano, ya que se cuidan las mascotas cuando alguna se va de viaje.
Mientras a cada zancada se adentra a aquel paisaje poblado de árboles y arbustos, reflexiona sobre cómo se siente con respecto al mundo que habita. Ve a la Laguna Rosales como una expresión de historias que involucran a los humanos, las vacas y tantas otras especies compañeras nativas y exóticas. Los días húmedos y calurosos de verano como ese son sus favoritos, porque los olores se intensifican. El arbusto chin chin larga aroma a chocolate, la tierra parece adentrarse en sus pulmones, llenándola de una vitalidad virgen y agreste. Escucha las miles de aves, con sus cantos amplificados por la energía extra que tienen a la mañana y que luego, poco a poco, decae junto al paso de la jornada. Selena se mueve por los caminos buscando todos esos signos del mundo.
Cuando regresa a la civilización, después de más de una hora de perderse en la soledad de los recorridos, la esperan sus amigos peludos. En Kaleuche, los perros podrían considerarse como un barrio aparte. Si bien la mayoría tiene una casa designada, pertenecen a las calles, allí es donde pasan la mayor parte de sus días. Selena les deja platitos de comida seca fuera de su puerta, le agrada su compañía. Sobre todo la de Moka, una perra maltrecha que se apareció de la nada y se encariñó con ella y Lenny, un ladino que parece tener genes de galgo italiano negro, comprador por excelencia con su carita de pan triste.
Las pandillas perrunas recorren todo Kaleuche, desde el bajo hasta el alto. Con el paso de los años, aquella comunidad de cinco casas perdidas entre los matorrales, se fue convirtiendo en un poblado que se terminó dividiendo entre el Alto Kaleuche y el Bajo, llegando a funcionar casi como barrios distintos. El Alto está sumergido en el bosque, carece aún de la mayoría de los servicios. Sus pobladores suelen tener camioneta o cuanto menos, algún vehículo. En invierno, la nieve los tapa, recordando un poco al terrorífico escenario de “El Resplandor”. A veces, les da miedo estar tan aislados de todo y les enoja que sólo sean un par de subidas pronunciadas y algunos kilómetros la razón de ello. “¿Cómo puede ser que vivamos en una maldita aldea de montaña y que no pase el colectivo cuando nieva un poco?” reniega Alfredo, mientras está muerto de frío y hace dedo para que algún vecino lo baje al centro a trabajar. El transporte urbano falló, como pasa seguido con factores climáticos adversos. O, quitando el “factores climáticos adversos”, pasa seguido. El transporte no es algo de lo que necesariamente se enorgullezca San Martín de los Andes. Sin embargo, cuando Alfredo vuelve a su hogar, se toma unos mates en el sillón y ve a un colibrí que busca agua azucarada en el bebedero que les dejó colgado en un árbol, se olvida un poco de los malos tragos que le implica vivir ahí. “Uno elige el sufrimiento que quiere atravesar. Algunos vivirán en ciudades llenas de ruido y autos, otros en ciudades pobres… yo elegí vivir en una aldea de montaña”.
Ahora, el día está acabando. Son las diez de la noche, pero aún hay luz natural; en verano oscurece tarde. Se la ve a lo lejos a Moka, caminando con su paso rengo por Paseo de los Músicos. Va en busca de su cena al patio de Selena. El cielo está rojizo, se asoman las estrellas anunciando una noche despejada. Una excepcional, calurosa y amable. El aire está inundado del olor a la tierra mojada. Los vecinos humedecen con sus mangueras el ripio para detener el polvillo seco.
Kaleuche sigue navegando.